Vende autos importados, los más caros que se consiguen en
el país. Un trabajo tranquilo, pocos empleados, pocas ventas, grandes
ganancias.
Termina de abrir con su tarjeta y llegan los empleados,
justo para atender el teléfono que ya está sonando. —Don Julio, es Cachito, el Juez, quiere hablarle.
—Pasámelo a mi oficina, avisale, que no corte.
Entra a su despacho, cierra la puerta y toma el tubo
—¡Cachito!, que hacés querido, qué sorpresa, tan temprano. Decime ¿Qué puedo
hacer por vos?...¿a dónde?... ahá, a tu casa, bueno bueno, voy para allá pero
destapate algo.
Sale, mira sus empleados, que ya están con cara de
“Cuente don Julio, cuente”, les dice vuelvo en un rato y sale huyendo de
cualquier pregunta molesta, las actividades de un Juez, son secreto de estado,
piensa.
Vuelve con sonrisa de ganador relajado y un maletín en
mano que arroja sobre su escritorio, —Vengan, che Lolo, vos también Luli, hay
que contar, ayuden. De a tres terminamos rápido. ¿Qué les pasa, de qué se ríen?
—Noo, disculpe
don Julio, lo que pasa esto, por lo que veo le vendió algo caro al Juez,
efectivo, hace meses que no salía una operación así. Pero Luli, acaba de cerrar
una operación similar y yo también cerré otra igual ni bien usted se fue, ¿Raro
no, qué pasó?
—¿Cómo? ¿A quiénes?
—Al dueño del
diario, don José Tapete y al Director del Hospital, el Doctor Lagarraba y usted
a Cachito, tres pilares ¿No? Ahora, todo efectivo, es raro.
—Bueno,
precinten todo que yo llamo a los custodios para hacer el traslado.
Don Julio se
sirvió un café y empezó a hojear un diario capitalino. Sorpresa, el nombre de
su pueblo en la página policial. Al parecer varios adultos habían violado a una
menor en una fiesta y luego, cuando huyó, fue atropellada en confuso episodio.
Internada en terapia intensiva. Hasta el momento se ignora si hay detenidos. El
Juez ¿Cachito? impuso el secreto de sumario. Don Julio no puede pensar en otra
cosa: Qué desgraciada coincidencia, cuando este negocio pega un salto así, una
vez que sale bien, tengo que leer esto. Y no me puedo hacer el boludo, este
pueblo es demasiado chico para pensar en casualidades. Además no sería la
primera vez, acá cuando las hacen, las hacen y yo prometí al Señor Alcalde
informarle de cualquier operación sospechosa. Me cansé de llamarlo y no me
atiende en ninguna de sus cincuenta y siete líneas. Eso me da, más mala espina,
que tanta plata en efectivo. Me parece que acá hay uno que pagó y tres
cobraron, algunos para que hagan y a otros para que no hagan.
Llega el fin de semana, Don Julio, solo, en su
casa, acomoda los sillones del living frente a la maxi-pantalla. Desplaza la
mesita baja hacia un costado y la ocupa con seis consolas de video juegos,
conecta la pc de Julito, su hijo y prepara todo el equipo. En la mesa grande
coloca algunos vinos, tres copas y bocadillos salados. Suena el timbre y llegan
sus dos mejores y únicos amigos de verdad. —Qué puntuales, pasen, sírvanse algo
y acomódense que ya empieza.
—Buenas tardes ¿no? ¿Qué empieza?
—Sí contanos de una vez ¿qué es ese juego tan especial
que no quisiste explicar por teléfono.
—Bueno hagan silencio que prendo.
Empieza la
transmisión, en la pantalla se ve una ruta y tres autos negros a gran velocidad.
—Che, parecen
los autos que vendés vos.
—Sí, qué
realismo, la ruta también, parece de verdad, igual a la ruta que va para Salta.
¿Y cómo se juega, si los autos ya andan sólos?
—Este juego se
llama Paranoia, lo inventó Julito, mi hijo, sostengan dos consolas cada uno, yo estas otras y empezamos.
Se trata de atemorizar a los ocupantes de los vehículos. Y después, bueno, ya
van a ver. Apreten el botón verde, ése traba el acelerador, y lo deja fijo en la velocidad que va. Bien.
Ahora el rojo, ése traba las puertas y desconecta los frenos.
Siguen corriendo veloces y a falta de frenos
hacen curvas bruscas, para esquivar obstáculos, que en esa ruta son muchos. La
pantalla indica velocidad 180 km/h, Don Julio, con sus controles agranda la
imagen de un auto, se alcanza a ver la cara del conductor, divide la imagen de
la pantalla y aparecen, tomadas de arriba a 45 grados las caras de los tres
conductores visiblemente atemorizados, tratando de comunicarse entre sí, a
través de sistemas que se han apagado solos.
—Ché Julio, esas
son las caras de…
—Sííí, de los
tres degenerados, los que compraron al mismo tiempo con puro efectivo. El de
adelante lleva acompañante, lo vi apenas, pero, ¿se puede enfocar más? Sííí,
parece la cara del Alcalde. Pero si parecen de verdad.
—Bueno muchachos, llegó la hora de la verdad,
son de verdad. El Alcalde va de copiloto, porqué yo lo convencí a Cachito que
lo invite. Le dije que ya que iban a pasar un finde farrero en Salta, lo
llevaran para descanse un poco del protocolo y la gestión.
—¿Cómo? ¿Pero y
cómo los estamos viendo? Si nosotros estamos…
—Pará, déjalo explicar.
—El circuito es
vía satélite, se lo encargué a Julito, un genio, en dos horas adaptó mi
teléfono satelital y le agregó nuevas aplicaciones. Los chips troyanos los
inserté yo en los tres autos. Ahora miren, vamos a alejar un poco, ¿ven? ¿ven
la curva de 90 grados? ¿Y el precipicio?
—Sí,
espectacular.
—Parece
infinito.
—Bueno éstos hijos de mil putas, ya averigüé bien
y era como me imaginaba, dos cobraron para no hacer nada, otro para publicar
que la menor era de dudosa moral ¿se imaginan?
un montón de mayores y la culpa es de la víctima? El cuarto les pagó a
los tres, con efectivo de la Alcaldía. Como caballeros que somos debemos vengar
a la menor que debió soportar el ataque de esas bestias, hijos del poder y
luego la negación médica, judicial y periodística de lo sucedido. El botón
negro traba definitivamente los volantes, así que cuando lo apretemos debemos
pensar, no quiero que después se arrepientan.
—Pero si para mí
será un placer, hijos de mil putas.
—Soretes de
mierda, degenerados compulsivos, será un gustazo.
Se abre la
puerta y entra Julito —Hola me vine para ver la final, no me la podía perder,
¿Llegaron al botón negro?
—Sentate que me
tapás.
Julio da la señal
y los tres apretan la tecla negra al unísono, llega la curva y los autos siguen
derecho, vuelan en caída y se estrellan contra el fondo del precipicio. Don
Julio, se da vuelta, mira a su hijo y le dice —Hijo, sos un genio, pero nunca
uses tus habilidades para hacer el mal, salvo a los que hacen el mal todos los
días como estos cuatro guachos pelechados del orto.
Los amigos se
ponen de pie, abrazan a Don Julio y le dicen: —Muy buenos autos, muy buenos.
—Qué lástima que
no se puede jugar de nuevo. 
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