-Buenas noches, pase, pase, tome asiento por favor, disculpe la hora que lo he citado, pero necesito que hablemos sin que nadie nos escuche, ni interrumpa. Ahora quedaba solamente un cabo y lo mandé a la calle por una hora. Mire, el tema es sencillo, los dos jueces penales de la zona se pusieron de acuerdo para pedirme que lo cite y le exija explicaciones. No es una denuncia, sino una pregunta privada y me reiteraron que proceda con absoluta discreción. Al parecer, usted le estaría haciendo llegar ramos de flores, perfumes caros y bombones, regularmente, a las esposas de ambos. Yo, no sé que pensar, sobre todo viniendo de usted, persona intachable, heredero de la familia más antigua y respetable del pueblo.
- Mire, señor comisario, desde ya le aclaro, por si tuviese alguna duda, que mis intenciones son serias. Ni bien alguna de las dos damas acepte mis atenciones, le propondría matrimonio y desde luego, que se divorcie del juez que correspondiere.
-¿Pero…, pero por qué justo a estas dos mujeres?
- Bueno, porque…le explico. Mi primera esposa vivía de cirugía en cirugía, para ser más joven, decía ella.
Parecía cada vez más una marioneta y hacía tambalear mi economía. Por eso me divorcié y me casé con una mucho más joven. Claro, no pedía cirugías, pero me hacía viajar todo el tiempo. Cada vez se le ocurrían lugares más exóticos y lejanos. Siempre en jet alquilado y era tan onerosa como la primera. Así que me volví a divorciar. Pero la soledad me pesa y combato la angustia haciendo gastos excesivos.
En nuestra familia, todos y cada uno, al cumplir los veintiún años hacemos un juramento. El de no vender ninguna de las propiedades recibidas en herencia. Esto siempre lo hemos cumplido a rajatabla, vivir de lo que produzcan, pero jamás vender. Pero hoy día es más difícil que nunca cumplir este mandato. No obstante, haré lo que sea necesario para transmitirle a mis hijos el mismo patrimonio. Y bueno, pensando, pensando, vino a mi memoria algo de mi infancia.
Junto a nuestra residencia, vivía un juez federal, que llevaba una vida lujosa en exceso. Cuando algún pariente, ó amistad de mi abuelo, se asombraba de la fastuosidades de este vecino, mi abuelo contestaba:”- Es que parece que las esposas de los jueces son todas muy ahorrativas”. Y me dije, ahí está la solución, con una esposa de juez ahorrativa, se puede llevar una vida lujosa, sin poner en crisis mis ingresos, que tanto como los de mi abuelo, siempre superaron en mucho los sueldos de magistrados.
-Sí, sí, lo comprendo, no siga por favor, no siga. Sus intenciones son honorables, pero hay un detalle: los magistrados no tienen esposas tan ahorrativas, ellos, ¿cómo decirle…? son el resguardo de la paz social. En la vida de un juez, el sueldo es lo de menos. Su fortuna crece merced a las sentencias que aseguran el orden público.
Por ejemplo, en algunos expedientes, sería imprudente emitir un fallo, diciendo que el suicidio de un funcionario no fue un suicidio. O que el asesinato de un alto ejecutivo, no fue idea de un pelagatos. O que la ex-amante de un político no se tiró por el balcón, sinó que la empujaron. Sería un escándalo emitir una sentencia semejante, porque atentaría contra la moral social y favorecería el desorden público. Me atrevería a decir inclusive, que ésta es la verdadera y pesada tarea que está a cargo de la justicia. Entonces, hay funcionarios, políticos ó empresarios, de alta jerarquía, que por agradecimiento y en resguardo de la tranquilidad de todos, premian, con discreción y generosidad a estos magistrados. Simplemente otorgan sumas de dinero ó bienes patrimoniales, para mejorar la calidad de vida de quién, tan discreta y desinteresadamente, colabora con el bien público, en salvaguarda de la cohesión social.
-Ahora entiendo, comisario, pobre abuelo, se ve que a él nadie se lo explicó. ¿Pero y yo, cómo soluciono lo mío?
-Dígame, ¿Usted no era doctor en leyes, recibido con muy buenas calificaciones, y nunca quiso ejercer?
-Sí, sí, es que nunca lo necesité.
-Y bueno doctor, todo tiene solución, cómprese un juzgado, yo le averiguo. Y puedo interceder, incluso, para que le hagan precio.
Déjemelo a mí y asunto terminado.
sábado, 17 de abril de 2010
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Claro. Hay que negociar, hay que negociar.
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